Islandia. Montañas del Laugavegur

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La ruta del Laugavegur, en el sur de Islandia, tiene el bien ganado honor de ser el trekking más fotogénico de la isla y uno de los más bellos del mundo.

El sendero de montaña, recorre los 85 kilómetros que separan Landmannalaugar de la aldea costera de Skógar, y puede recorrerse en cinco o seis días. La ruta transita a través de zonas de aguas termales, praderas verdes, montañas repletas de glaciares y neveros, ríos que necesariamente habrá que vadear, espacios repletos de fumarolas que desprenden un acentuado olor a azufre, cascadas y una gran paleta de colores que la vista nunca se cansa de ver.

La actividad la hicimos por libre, llevando tienda de campaña y toda la comida y suministros necesarios para los días de marcha, pero también existe la posibilidad de realizarla con el acompañamiento de la agencia de nuestros amigos de Artic Yeti – Islandia y cuyo enlace os facilito.

http://www.islandia.es/

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Groenlandia… Historias enlazadas.

Groenlandia. Historias enlazadas.  Imágenes: Pablo Passera y David.E.Resino.

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 ¿Recuerdas ese día frío y lluvioso, en el primer viaje de la temporada, de vuelta a Narsaq?. ¡Vamos chicos!, venzan la pereza, acuérdense de la historia que contamos anoche…Vístanse con los trajes, no les importe que no estén secos, salimos en una hora…¡Endurance!, ¡Endurance!…

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Hace tan solo unos días, una expedición española liderada por Sebastián Álvaro y denominada “Tras las huellas de Shackleton”, regresó de un viaje de cuarenta días, en el polo opuesto de la tierra, en el que revivieron con medios modernos, la hazaña que Ernest Shackleton vivió en las aguas heladas situadas al sur de las Georgias del Sur, en la zona próxima a la Antártida.

Fue allí donde en enero de 1915, su barco, el “Endurance” quedó atrapado e inutilizado por la acción del hielo, circunstancia que dio lugar a uno de los viajes de salvación más maravillosos de la historia, viaje que protagonizó Shackleton, navegando con un frágil bote a través de un mar con mal carácter durante 1500 kms, buscando una vía de salvación para su tripulación, circunstancia que se produjo tras el interminable espacio de tiempo de dos años.

SKACKLETON

Nuestro primer viaje de la temporada 2009 no fue fácil, pero lo sacamos adelante…

Siempre te recuerdo a la cabeza del grupo, paleando en silencio, con el sonido permanente del crepitar del hielo, intuyendo un camino para navegar con seguridad entre los cascotes  y llevar al grupo hasta la siguiente parada…

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 Te escribo mientras escucho “Between two worlds”, de Patrick O´Hearn, y los recuerdos me transportan a esas aguas, a las nieblas matinales, a la lluvia fría que cortaba el deseo de continuar, al sinuoso nado de la foca en superficie, a los pasos sobre la tundra o a la infusión compartida con Rakel en su granja deTasiusaq…

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¿Recuerdas esa luz de julio?, recuérdalo y cuéntaselo a Helena, dile que su padre estuvo allí… recuérdale que vimos prolongadamente esa luz perenne del verano ártico. Luz que destrona a la noche. Luz que desde entonces acompaña en los momentos oscuros. Luz que ilumina la soledad de esos territorios sin almas, inmensidades silenciosas de ese mundo infinito y solitario que se nos ofrecía cada día.

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¿Recuerdas los cascotes varados en la arena? ¿Y las playas del Qaleradlig?… Y los lagos donde jamás pisó el hombre, a los pies del Islandis, del hielo eterno… Recuerda nuestras carreras por esas montañas sin senderos, entre perdices nivales y liebres árticas… o los baños en las playas sembradas del krill varado tras la bajada de la marea.

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 Sonrío pensando en las veces que insinuábamos a nuestros viajeros que dejaran por unos instantes de hablar, que palearan con actitud contemplativa, que comulgaran con el silencio ártico… pero era imposible, no estaban preparados para afrontar la incomodidad inicial del silencio, para nutrirse del sencillo regalo que en esos instantes les ofrecía Kalaallit Nunaat…

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Vuelvo a sonreir pensando en las noches en el tipy … los problemas con los MSR… la pasta, el arroz… los panes de pescador… las historias de unos y de otros… los afeitados “a pelo” y con agua fría cada cuatro o cinco días…

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 ¿Recuerdas las  bromas antes de ir a dormir?.. con qué tonterías lo pasábamos bien…¿Quiere el jefe que le haga una camita con los respaldos de los asientos? Cómo disfrutaba tocándote las narices con ese asunto, ¡Qué testarrón eras al empeñarte en descansar solo con la ínfima protección de la colchoneta aislante!…

Mira tu libro, ese que te regaló el viajero agradecido, mira quien es el autor, el mismo que ha dado luz a estos recuerdos, el que fue tras las huellas de Shackleton y su “Endurance”.

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 Creo que no te lo dije, pero a la vuelta de ese verano, quise dejar un recuerdo de aquel viaje, especialmente de ese día furioso de viento y lluvia en el que la voluntad de nuestros viajeros estaba debilitada y en el que la historia de ese barco, el “Endurance”, nos aportó el empujoncito necesario para superar la incomodidad y lanzarnos a remar…

ENDURANCE 1915

Te escribo amigo Pablo, empapado de recuerdos, desde la comodidad que ofrece el estar en casa, lejos de Groenlandia o de Patagonia, sentado al calor de un calefactor que maquilla el rigor de un invierno que está llegando…

Deslizo mis dedos sobre el teclado, rodeado de imágenes de montañas de aquí y de allá, algunas cercanas a tu tierra…

Sé que algún día volveré a Puerto Pirámide y tomaremos rumbo a la Cordillera Darwin, o a cualquier montaña solitaria de la Patagonia menos transitada…, o tú vendrás,  y te llevaré a conocer nuestro pequeño paraíso, escalaremos juntos “Endurance 1915” y volveremos a reír y a correr por las montañas, tal vez con alguna arruga más presente en nuestros rostros, pero con el corazón aún inquieto y preparado para partir…

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“Vos sos un dinosaurio, dijo como filosofando el negro Acosta. ¿Cómo?, le pregunté. Si, vos, el “gordo de las ballenas”, y tantos otros que se repliegan buscando los últimos rincones puros de la tierra, son dinosaurios. Están condenados a la extinción porque sueñan con un mundo ideal que languidece”

Carlos A. Passera.

Contemplación

No recuerdo bien en qué momento de la temporada ocurrió.

Habíamos acampado con uno de los grupos de viajeros en un bello rincón donde sabíamos que había suficientes sitios llanos para montar las seis tiendas.

Recuerdo con especial cariño ese paraje. Pablo lo llamaba “El meteorito”, porque había una gran roca de aspecto extraño, que ocasionaba un sonido “hueco” y “cósmico” cuando la golpeábamos con una piedra menor.

Siempre deseábamos llegar a dormir a este lugar. Era el sitio de los quince días de viaje donde mejor cenábamos. El año anterior habíamos descubierto que en el vértice donde el arroyo vaciaba su agua al mar, abundaban los Salvelinus alpinus , una especie de trucha asalmonada que los inuits llamaban eqaluq, y que no era difícil capturarlos con la caña y una cucharilla.

Siempre pescábamos una pieza para cada dos viajeros. Cuando cubríamos el cupo, los limpiábamos con el agua gélida del mismo mar y los preparábamos a la plancha acompañados con un poco de arroz.

Las noches en el Qalerallit Sermia eran las más especiales del viaje. La anatomía del glaciar se configuraba de un robusto frente de proporciones kilométricas, donde el Islandis vomitaba torres gigantescas del hielo milenario groenlandés, provocando un sobrecogedor estruendo que rompía el equilibrio de uno de los lugares más silenciosos de la tierra.

Cada tarde, cuando habíamos atendido a los viajeros y finalizado nuestras tareas domésticas, siempre aprovechábamos para encontrarnos con este espacio de quietud y libertad, bien fuera corriendo por las colinas cercanas o introduciéndonos nuevamente en el mar con “Rufio” y “Pánico”, nuestros kayaks.

En esos instantes acudíamos al encuentro con el silencio. Al encuentro con la soledad de los espacios inhabitados. Al encuentro con la sencillez de la vida que la misma vida nos arrebata. Al encuentro para enriquecernos de la fragilidad de lo inerte, del hielo, del agua, del frío, de la longevidad de la luz del verano ártico.

Kalaallit Nunaat…

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Viento Vikingo

Hace unos veranos, viajé a Islandia a realizar una travesía a pie a través de las montañas volcánicas del sur de la isla.

Como no conocía el lugar y quería hacer una travesía de montaña de varios días, copié de una agencia de viajes de aventura, el itinerario de una de las actividades que ofertaban,  el “Trekking del Landmannalougar”.

En la última etapa, la quinta de mi viaje, caminé desde Pórsmork hasta Skogar pasando por el collado de Brataffonn, paso natural que separa los volcanes Eyjafjallajökull y Mýrdalsjökull, este último, protagonista unos meses antes por la erupción que paralizó el tráfico aéreo europeo, debido a las cenizas en suspensión que el volcán proyectó.

El paisaje de la zona al norte de Brataffonn es espléndido, debido al contraste del verde intenso de la hierba, los tonos blancos de la nieve del glaciar de los volcanes, el gris oscuro de la lava solidificada y el  blanco de los humos que aún desprenden las heridas de la actividad volcánica.

Tras el paso de montaña y el cambio de vertiente, todo varía radicalmente. Los colores vivos desaparecen y te adentras en un terreno lunar de grises y ausencia de vida y donde aparece un elemento sorprendente: el viento.

El viento de esta zona de montaña que prácticamente no sobrepasa los mil metros de altura, tiene una fuerza difícilmente explicable, con capacidad para asustarte debido a que la potencia de sus ráfagas puede desplazarte y tirarte y donde es necesario, cada cierto tiempo de marcha, buscar el refugio de alguna roca, sentarse, cerrar los ojos e intentar descansar para que el sentido del equilibrio vuelva a recobrar la vitalidad perdida en la lucha por mantener al cuerpo en posición erguida.

Las imágenes grabadas están hechas en un pequeño recoveco protegido, detrás de unas rocas. Solo allí pude sacar la cámara para grabar el pequeño vídeo que he colgado tras las fotos.

Imagen del lado norte, antes del paso de montaña.

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Imagen tras el paso de montaña, los colores cambian y el viento… aparece.

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El vídeo… “Viento Vikingo”.

Cerro Lindo. Argentina

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Uno es de esa condición extraña, a veces incomprendida hasta para el que la padece, en la que siempre se tiene la tentación de querer subir a lo alto de algún sitio.

En una de las estancias en Argentina en las que curiosamente no estaba previsto ir a la montaña, padecí ese burbujeo interno patológico, que de manera cíclica aparece semanalmente y no encontré otra solución a la situación que tomar un autobús nocturno desde Puerto Madrym, localidad situada en la costa atlántica, hasta El Bolsón, uno de los animados pueblos de la cadena montañosa de Los Andes, en plena Patagonia.

Tras hacer una visita rápida a la sede del club andino local en la que tomé unos apuntes y elaboré unos sencillos dibujos sobre uno de los picos de la zona, busqué cobijo en un bosque distante unos kilómetros del pueblo donde poder instalar la tienda y así poder reposar lo que quedaba de día y pasar la noche.

A la mañana siguiente, muy temprano, como es la costumbre, ataviado con unas zapatillas de correr, un pantaloncito de verano y un gorro que me prestaron, me puse en marcha sin saber muy bien a dónde me dirigía, pero con un poco de intuición y con la ayuda del croquis casero que esbocé el día anterior, parece ser que a algún sitio elevado llegué.

No sé si acerté con la montaña. El mástil de madera de cumbre y un trozo grande de un ski de color rojo atado al mástil, coincidían con la descripción de lo que me dijeron que allí encontraría, pero siempre me quedó la duda ya que en los alrededores aunque no en el mismo circo, se elevaban montañas de apariencia ligeramente más alta y más dignas de tener el nombre de “Lindo”.

En caso de acertar,  el “Cerro Lindo” es una montaña de la Patagonia amable, cuya cima se eleva hasta los 2134 metros, y en la que la naturaleza no hizo grandes esfuerzos en dotarla de una silueta bonita, pero a cambio regala unas maravillosas vistas del Cerro Tronador y otras montañas cercanas a Bariloche.

Desde la supuesta cumbre, esas fueron las vistas:

La primera, la que me confundió.

La segunda seguro que no era porque la tomé con el zoom y estaba lejos.

Y en la tercera, podemos ver el Monte Tronador al fondo.

Stok Kangri. India.

Han pasado unos cuantos años desde que estuvimos en el Ladak.

Años en los que de manera irremediable van sucediendo cosas que ayudan a modificar la perspectiva inicial que sobre ellas tenía.

Con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que en este viaje pude y debí enriquecerme más…

Debí prestar más atención al día a día. A la vivencia del presente. A las muestras de cercanía constantes que me ofrecían los compañeros de viaje. A los contrastes de color de las plantaciones y las cárcavas terrosas. Al olor putrefacto de la gran ciudad. Al frío intenso y único del glaciar. A las noches compartidas de risas, fuego y arroz. Al ansia de vivir de las gentes que sin medios allí habitan… pero era más joven y lo prioritario en aquel momento era el final, sin duda una gran falta de enfoque por mi parte.

Que sirva este pequeño artículo para agradecer el trabajo de Ramón, el alma máter. Los cuidados y cercanía de Charo. La delicadeza en el trato de Rosa. Las charlas sobre  montaña y sobre la vida con Carlos Cordón. La amabilidad y humanidad de Carlos Algara, del cual debí empaparme más. La simpatía y elegancia montañera de José Manuel, al cual le he “robado” muchas de las fotos. Las risas compartidas con Nacho al que por desgracia he perdido la pista. La “chispa” de Sonam y la amistad sincera y duradera de Juan, al cual le debo el haber podido participar en este viaje.

Imagen del Stock Kangri desde el avión.

Parte del grupo.

José Manuel, Charo, Carlos C, Carlos A, Nacho, David y Sonam. Faltan Ramón, Rosa y Juan.

Monasterios budistas en las cercanías de Leh.

En uno de los lugares de acampada durante los días previos de marcha.

Contrastes…

La tienda cocina.

Otro de los lugares de pernocta.

Primeras luces del día en la jornada de cumbre.

En la cumbre del Stock Kangri.

Imagen del pico, el de aspecto más elevado, desde Leh.

Un modo muy sencillo de interpretar la vida. Estudiantes budistas.

Patagonia. Península Valdés.

¿Quién no ha oído alguna vez hablar de Patagonia?…

¿Quién no deseó alguna vez pisar sus enigmáticos parajes?…

Conocí a Pablo Passera muy lejos de su lugar natal, muy lejos de Patagonia, en Qassiarsuq, Groenlandia.

Me nutrí del enorme placer de trabajar durante dos veranos a su lado. De él aprendí a manejar un kayak de mar con cierta soltura. A utilizar, reparar y cuidar los hornillos MSR, tan necesarios e insustituibles en los viajes sin asistencia de larga duración. Juntos pescábamos a diario para poder dar alimento fresco a nuestros viajeros. En el mar  pescábamos bacalaos con caña y cucharilla. En los riachuelos de montaña, capturábamos truchas árticas con nuestras manos cuando estaban escondidas debajo de las grandes piedras, siempre calculábamos el número de ejemplares, una por cada dos viajeros, nunca pescábamos por el placer de pescar y poníamos el máximo de cuidado para no dejar ninguna trucha herida. Poco a poco fuimos educándonos en abastacernos de lo que la naturaleza nos daba pero con la máxima pulcritud y cuidado posibles.

Pasamos algún “foem”  juntos, aguantamos alguna plaga de mosquitos, dormimos sobre la tundra dentro del tippy muchas noches, recorrimos fiordos con los kayaks, subimos montañas de un verde infinito y soledad eterna…padecimos el frío, la humedad, el viento… y nuestros pechos se ensancharon con la contemplación de los icebergs, los glaciares, los paisajes carentes de presencia humana… vivíamos de una manera sencilla, sin asistencia, con la única compañía de los viajeros que nos habían encomendado y a los que nos dedicábamos con entusiasmo la casi totalidad del día..

Tras este prolongado contacto en tierras del norte, volví a Argentina por tercera vez, pero en esta ocasión, lejos de las montañas. Volví para estar en la Patagonia atlántica, en Puerto Pirámides, Penísula Valdés.

En esta ocasión, estuvimos juntos durante tres semanas, alejados de las  montañas pero nutriéndonos del mar y de los paisajes de la tierra patagónica, de la tierra que llora de sequedad, de los paisajes del infinito marrón, aparentemente carentes de vida pero que encierran un encanto enorme para aquellos que miran con otra mirada…

Península Valdés, contraste de mar y tierra, de azul y reseco litoral, de ballenas y lobos marinos, de pingüineras, de soledad y vida…

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La Restinga, cerca de Puerto Pirámides, donde las colonias de lobos marinos descansan en esta reserva de fauna marina.

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Las aguas patagónicas del Átlántico se muestran nerviosas debido al viento generalmente presente.

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Los lobos curiosamente no se asustan ante la proximidad de los kayaks

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La belleza de lo simple…Lobos marinos.

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El descanso

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Es seguro que todos tenemos algún libro que de un modo u otro ha puesto una gota de alegría, de esperanza, de sosiego a nuestro alma…

Cuando recibí el regalo de “Dinosaurios. Relatos y Sueños de un Guardafauna”, empecé a leerlo de manera pausada, sin querer consumir los capítulos con prontitud, porque no es un libro para leerlo rápido y guardarlo…  De sus páginas manan los sentimientos de aquel que durante muchos años estuvo mamando la sencillez y la armonía de los paisajes patagónicos de la costa Atlántica.

Ya en la bella dedicatoria, Carlos Passera, padre de Pablo escribe:

“Sí, vos sos un dinosaurio…”. “Sí, vos, el -gordo de las ballenas-, y tantos otros que se repliegan buscando los últimos rincones puros de la tierra, son dinosaurios. Están condenados a la extinción porque sueñan con un mundo ideal que languidece”.

En el capítulo “La visita de un gigante bueno”, con delicadeza en su trato con el visitante, “el gigante”,  Carlos escribe:

“Por una necesidad de contraste, hablé con él de la naturaleza, de los ámplios espacios, de la convivencia con los seres simples, de la armonía con las criaturas salvajes, de la intransferible experiencia de vivir cada día en contacto con la vida”.

Sencillamente, gracias, Pablo y Carlos.

Si te apetece, puedes ampliar la visión sobre estos territorios en la página web de Patagonia Explorers, la agencia de Pablo.

http://www.patagoniaexplorers.com/

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