Nunca caminarás solo…

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Amanece en Sierra Llana desde el Camino del Tío Domingo.

Contaban los más viejos del pueblo algunas anécdotas de Nicolás.

Le imagino en el débil recuerdo infantil de esa primera década de los setenta. Caminaba sobre abarcas que envolvían unos pies trabajados, cubiertos de calcetín gordo de lana elaborado y remendado por la bisabuela. Vestía unos desgatados pantalones de pana oscura, faja ventral negra, camiseta azulona y una chaqueta de punto con coderas y restos de paja insertados en algún enganchón de la prenda.

Como muchos otros ancianos, Nicolás caminaba con garrota de tallo de álamo, y apoyado sobre ella, iba diariamente en busca de su ganado, transportando una gran lata vieja a la que le había acoplado un asa y donde llevaba algunos restos de comida para las gallinas, los guarros y las cabras y donde traería posteriormente cuatro o cinco huevos que empaparía en aceite y los rompería con un buen trozo de pan en la cena.

El bisabuelo era respetado en el pueblo. Fue alcalde de la localidad y en aquella época, el maestro, el cura, el practicante y el alcalde eran una verdadera autoridad, solo equiparable a la que tenía el sargento de la Guardia Civil que vivía en el cuartelillo de las afueras.

Me contaban que el anciano Nicolás era bonachón y que vivía satisfecho en un micro mundo donde las noticias llegaban con días de retraso y donde la preocupación mayor era esperar las lluvias que aseguraran un buen año de riego para la huerta y el abastecimiento de agua para el ganado durante el verano.

El bisabuelo sabía leer, escribir y hacer cuentas básicas. No necesitaba muchos más conocimientos. En los inviernos, cuando el piso de los caminos permanecía húmedo, en una recula del camino del Torilejo, dejaba escrita una frase ayudándose de la punta de su garrota: “Nunca caminarás solo”. Me decía la abuela que la frase respondía a la manifestación externa de su religiosidad, del sentimiento que le surgía de notarse permanentemente acompañado.

Es invierno, ya de noche. La perra Kira ha notado que estamos algo perdidos en el piornal. Nuestros frontales rastrean de un lado a otro los salientes rocosos en busca de un hito que nos devuelva a la senda. ¡Vamos Kira! Susurran Álvaro y Rocío. La perra lo entiende, lleva con ellos haciendo montaña desde muy pequeña, de inmediato toma el mando y en unos minutos nos guía hasta la imperceptible senda por la cual continuamos nuestro descenso.

Las primeras estrellas comienzan a verse aunque una línea anaranjada en el oeste nos dice que aún quedan unos minutos para que la noche tinte de negro riguroso los cielos de la cara sur de Gredos.

Tropiezo un par de veces pero no llego a desequilibrarme. Los tres bajamos satisfechos. Caminamos despacio con la agradable sensación que deja el haber recorrido una nueva senda rocosa. Hablamos poco e intuimos que en algo más de una hora estaremos quitándonos nuestras mochilas junto al coche y tomando algo de fruta mientras observamos desde muy alto las luces desordenadas de las calles de Madrigal de la Vera.

Abrazando el cielo con sus brazos aún desprovistos de su ropa primaveral, veo su silueta… algo me dice que debo parar… “Ahora os cojo, no os preocupéis, en un momento bajo”, comento a mis amigos alzando un poco la voz.

Mientras le miro tomo conciencia de dónde estoy y de lo que soy. La escalada ha sido buena, no hemos tenido ningún contratiempo. Hace tan solo unas horas, tres pequeñas gotas insertadas en la inmensidad rocosa de la Cima Sur de Peña Chilla, han ido avanzando verticalmente envueltos en uno de los silencios más majestuosos que puedan encontrarse en Gredos.

Vuelvo a mirarle…sus ramas vacías de vida, su aspecto viejo pero a su vez resistente a inviernos y estíos, provoca en mí admiración ante ese belleza desnuda, pero también una gran sensación de vulnerabilidad y fragilidad, haciéndome consciente de que la edad pasa y las fuerzas se debilitan, aunque en un acto sereno de vivencia del presente, el grado de consciencia va en aumento y con él, la agradable sensación que da el saber que estás haciendo aquello para lo que estás concebido.

Mientras contemplo el contraste entre el cielo y su silueta, por un momento me quedo sin pasado y como en tantos y tantos momentos de mi existencia, sin saber la razón, sin saber explicarlo, sin poder poner letras a una certeza que siento, vuelvo a notar su compañía, alejado de doctrinas y formas patentadas de entenderle.

Levanto mi mano, extiendo mi dedo índice y recorro con él un espacio de cielo y en un gesto infantil, como jugando a escribir la palabra que el amigo debe adivinar en su espalda, escribo sobre la infinitud esa misma frase que con su garrota escribía Nicolás: “Nunca caminarás solo”.

Una vez más, todo ha salido bien, la vida continúa…

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6 pensamientos en “Nunca caminarás solo…

    • Hola Jesus
      Me alegra que te haya gustado el artículo. En unos dias corro el Mapoma. Me han engañado los compañeros de trabajo y me he apuntado, lo mismo nos vemos por el asfalto madrileño. Un abrazo muy fuerte. Te recordamos con mucho cariño.

  1. Hoy ya muy lejos del granito serrano, quiero agradecerte cómo a algunos nos haces recordar con tus relatos vivencias que nos marcaron tan profundamente en su día, y que tantos años después siguen vivas a poco que se les quite un poco el polvo del tiempo. Aunque no nos conozcamos, me permito transmitirte un abrazo a ti y a Carlos Gallego por su también magnífico blog (montaña y alpinismo clásico), gracias por recordarnos el tacto del granito y el silencio de los rincones del Gredos olvidado.

    • Hola Pablo.
      Muchísimas gracias por el comentario. Imagino que como yo, habrás sido un enamorado de esta sierra de proporciones modestas pero rica en matices y rincones apartados.
      Me alegra que el blog te permita recordar momentos y revivir instantes bonitos en cualquiera de estos rincones.
      Si algún día vienes a escalar por aquí, no dudes en ponerte en contacto conmigo.
      Un abrazo.
      David de Esteban Resino.

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