Mirada adentro

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Cierro los ojos y me recreo con alguna de las  líneas que hemos trazado y que se dispersan sobre las puntas de la sierra… “Omega”, “Ángel de la Guarda”, “Caballo de Troya”… cada una, un pequeño retal con el que poco a poco va componiéndose un mosaico, donde cada pieza lleva escrito el relato de una jornada de amistad, de paisajes, de silencios.

 Miro a través de la ventana y veo zarandearse las ramas de los árboles, mientras unos chasquidos continuos sobre el tejado, delatan la fogosidad de una lluvia temporal que humedecerá los campos y será alimento para la vegetación.

 Miro atrás y me hago consciente de que el  tiempo pasa de manera irremediable.

 Una mano acaricia la aspereza de la otra y en ellas, al igual que en las páginas de un libro, puedo leer la historia de cada una de las montañas y paredes que he recorrido. Las junto, palma con palma, entrelazo los dedos, se esboza una sonrisa en mi rostro y hago un repaso silencioso de las realidades que algún día han de hacerse presentes.

 El sonido del timbre del teléfono rompe con el embrujo que me provoca el sentir la viveza de la lluvia. Me citan para escalar, pero sugiero el encuentro para dentro de unos días. Llevo casi tres meses sin poder escalar, pero espero paciente una curación que intuyo cercana…

 Desde hace años, no siento la necesidad de escalar con excesiva frecuencia. El avance del tiempo ha incorporado las montañas a la vida, dejando una huella permanente que quedó marcada en mi alma de igual forma que el hierro ardiente en la piel de una res, para siempre. Pero como con el amor o la amistad, el tiempo de impulsividad de la juventud pasó, y con él, muchas de las fuerzas, dando paso a otra realidad, más calmada, menos excitante, pero más firme y consolidada.

 Vivo lejos de las montañas, cerca de un enjambre de ladrillo, hierros y asfalto, pendiente de un despertador que diariamente me indica que son las seis y media, que debo levantarme, bajar a la ciudad, y adaptarme a una rutina en la que soy una hormiga que funciona al ritmo establecido de una sociedad, repleta de costumbres y mecanismos que el hombre inventó para tratar de llevar un orden colectivo.

Camino. Escucho. Interactúo. Me esfuerzo en ser eficaz. Procuro ser amable. Pero sé que por mucho que lo intente, mis motivaciones más íntimas, aquellas que brotan de una manera natural de las verdaderas raíces del deseo, están en otra parte…

 El cielo sigue plomizo, pero la lluvia ha cesado. Me calzo unas botas viejas y al poco tiempo, me encuentro caminando sobre un sendero de pasto muerto humedecido y barro, la misma senda por la que suelo correr y que me guía hacia la loma. Tengo el deseo de mirar hacia el oeste y al norte, donde sé que están.

 Mientras avanzo, mi mente va ocupándose de recuerdos, de rostros queridos, de situaciones, de paisajes… En esos momentos, me doy cuenta una vez más, como tantas y tantas veces, que pertenezco a ese grupo de seres humanos que han de dar gracias constantemente.

Miro al horizonte pero hoy no las veo, la nubosidad ha tejido una cortina grisácea que llega prácticamente a ras de tierra. No importa porque sé que están, lejos en distancia, pero muy arraigadas en el rincón más íntimo de mis deseos.

 Espero unos momentos de pie. Agacho ligeramente la cabeza hasta casi dar con la barbilla en el pecho. Cierro suavemente los ojos. Expulso una carga de aire con más ímpetu de lo normal y es entonces, cuando un proyectil cargado de sentimientos de pertenencia impacta con acierto y contundencia en ese rincón puro del alma, donde no cabe otra cosa que los deseos no contaminados, en el cual brota a borbotones incontrolados el instinto más salvaje y a la vez más inocente presente en mí… y se confirma una vez más, de manera instintiva, sin razonamientos ni posibilidad de explicación, que existe un vínculo, un pacto de pertenencia con esos rincones puros, espacios en forma de roca o nieve, cercanos o lejanos, donde el alma encuentra acomodo y alimento.

 El barro ha envuelto la suela de mis botas y ha marcado con unas trazas marrones la zona baja de los pantalones. Doy marcha atrás, me despido de las alturas hoy ocultas de Gredos y Guadarrama, dirijo mis pasos campo a través entre las retamas y los almendros, mientras siento en mi pecho la fragancia fresca de la tierra húmeda.

 Es hora de volver, mañana el despertador sonará temprano.

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10 pensamientos en “Mirada adentro

  1. Otra vez un relato lleno de sensibilidad que nos transmite tu amor por la montaña. No hay que conocerte para saber lo que sientes por ellas.
    Gracias David por regalarnos de nuevo estas líneas cargadas de emoción y sentimiento.

  2. Una bonita expresión para transmitir ese murmullo que llevamos en nuestro interior cuando amamos las montañas. Ellas son un reflejo o un símbolo de un deseo muy profundo que tal vez no sea sino una analogía de la pasión misma del vivir hacia un destino.
    Gracias por compartirlo.

  3. Precioso texto David. Se que te gustan las montañas tanto como correr, espero que te recuperes, y que sigas así de amable y gracioso, que yo como alumno pienso, siempre aprenderé una cosa y es: “Constancia, esfuerzo y trabajo”

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